La Argentina en el mundo: ¿un modelo sustentable?
*Por Luis Lafferriere.
Entrada ya la segunda década del siglo XXI, vemos cómo el capitalismo se ha impuesto en casi todo el planeta como la forma de organización social predominante. Y las consecuencias de este proceso las podemos resumir en la afirmación de que la humanidad se encuentra ante una crisis civilizatoria de magnitudes nunca vistas.

Se trata de una situación compleja que suma varias crisis: alimentaria, energética, social, ambiental, económica. Y que, sobre una población mundial de casi siete mil millones de personas, deja como saldos horrorosos una pobreza estructural que llega a la mitad de la población total, hambre en más de mil millones de estómagos todos los días; y donde sólo el 18 por ciento del total es responsable del uso (y abuso) de más del 80 por ciento de los bienes de la naturaleza y de idéntico porcentaje de contaminación. Pero, que a la vez ese porcentaje minoritario de privilegiados, en el marco de este sistema mundial, ha llevado a que nuestro planeta ya no pueda soportar la actividad depredadora del hombre y se requieran urgentes y drásticos cambios para evitar el colapso de la humanidad.
El proyecto neoliberal impulsado por los capitales más concentrados ha impuesto una reestructuración económica que sólo conduce a una aceleración del rumbo hacia el abismo. Aunque los dueños del mundo saben que con este modelo hiperconsumista los recursos no alcanzan para todos (y tienden a ser cada vez más escasos), su proyecto es apropiarse de los mismos, cueste lo que cueste y estén donde estén. Y si bien existen reacciones de pueblos y movimientos sociales en diferentes lugares de la Tierra para buscar otros mundos posibles (dentro de nuestro único hogar), las alternativas son aún muy atomizadas e incipientes. La gran mayoría de los países y sus dirigentes se suman irresponsablemente a este esquema de dominación y depredación mundial.
En la Argentina, alentados por una coyuntura mundial de altísimos precios de los bienes primarios que exportamos, hay muchos que plantean que al fin encontramos el camino de salida para nuestros grandes problemas. Con una población de apenas 40 millones y con uno de los territorios más extensos y ricos del planeta, hemos venido creciendo desde al año 2003 a tasas elevadísimas, como nunca antes se había dado en nuestra historia. Y han ingresado divisas también como nunca antes. Ello ha permitido al Estado nacional obtener ingresos siderales, en montos sin precedentes desde la existencia de la Nación. Con semejantes datos podríamos decir: “estamos en el paraíso”, entonces “profundicemos el modelo”.
Sin embargo, quienes miramos más allá de las apariencias, vemos en nuestro país la consolidación de un modelo económico-social que no es sustentable en el mediano plazo, y que a pesar de todas las riquezas generadas es desigual y heterogéneo. Este modelo neocolonial extractivista se basa en la sobreexplotación de los recursos naturales a tasas de extracción que no podrán mantenerse más allá de un par de décadas (en algunos casos mucho menos), pero que dejarán tierra arrasada.
Las riquezas de nuestro suelo y subsuelo, que llevaron millones de años para formarse, se extraen a ritmo desenfrenado (gas, petróleo, minerales, suelo y agua) dejando graves daños ambientales, a la par de la expulsión de la población rural y el éxodo hacia las grandes urbes donde se amontona pobreza y miseria en barrios y viviendas miserables. Pero como por ahora los ingresos fiscales siguen aumentado, también alcanzan para atemperar los males sociales con subsidios clientelares, que sirven para ocultar las desigualdades y la marginalidad extrema y además, a la hora de comprar conciencias, para mantener la legitimidad del sistema partidocrático.
¿Qué pasará cuando el ciclo expansivo de la economía mundial, apoyado en políticas artificiales y en una insostenible especulación financiera, se revierta? ¿Qué sucederá cuando agotemos nuestros fértiles suelos y ni siquiera tengamos a los productores en el campo para trabajar la tierra? ¿Qué pasará cuando se lleven las últimas gotas de nuestro petróleo y los últimos gramos del oro y de otros valiosos minerales? ¿Qué pasará cuando el Estado no cuente con los recursos de la gigantesca recaudación actual?
Como en otras experiencias no muy lejanas (como la plata dulce de Martínez de Hoz o el uno a uno de Menem-Cavallo) muchos argentinos con mentalidad cortoplacista y cultura individualista sólo ven el encandilamiento de los espejitos de colores, con la ingenua idea que vamos por el buen camino, que a lo sumo debemos corregir algunos errores para garantizar más ingresos de inversores extranjeros, darles mayor seguridad jurídica (y enormes superganancias), porque traen progreso y serían el complemento indispensable para nuestro crecimiento ilimitado.
Así, cada vez más concentrada la riqueza, cada vez más extranjerizada nuestra economía, cada vez más desigual la sociedad, esperamos pacientemente que se repita la historia irrepetible de la Argentina agroexportadora, del granero del mundo, aunque con los ajustes modernizantes de una industria hecha a la medida de las empresas transnacionales, tan insostenible en el mediano plazo como la depredación de los recursos naturales.
Sin darnos cuenta que en este camino hacia el abismo, corremos engañados hacia un futuro irrealizable, ya que se trata sólo de una mera ilusión… la ilusión de una insostenible colonia próspera que ya no tiene lugar en los nuevos proyectos imperiales del mundo globalizado del siglo XXI.
La sociedad argentina, dentro de este escenario mundial, vive la misma ilusión de un crecimiento infinito, con la aplicación de políticas que suponen la continuidad por mucho tiempo de un contexto externo favorable y la imposible existencia perpetua de recursos naturales que son cada vez más sobreexplotados.
Ante la necesidad de poner en debate los modelos productivos, económicos y sociales que predominan en el mundo actual, y de profundizar el análisis sobre el presente y el futuro, la universidad nacional aparece como una institución clave, llamada a jugar un rol importante como promotor del debate y de la reflexión, a partir de visiones críticas y alejada de presiones de los fuertes intereses en juego que impiden o dificultan una profunda comprensión de la realidad.
Tratamos desde este Programa de Extensión de realizar un aporte al esclarecimiento de la compleja situación actual y al necesario debate que debemos darnos en la búsqueda de un futuro común, con una sociedad que permita formas de vida digna para todos, en armonía con la naturaleza.
*Luis Lafferriere es contador público y master en Dirección de Empresas. Profesor de las cátedras de Economía y Periodismo Económico en la UNER y de Economía Política en la UNL. Además es director del Programa de Extensión “Por una nueva economía, humana y sustentable”.
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